Discurso de presentación de Salomón Lerner Febres

Estimados amigos:

Vamos a presenciar en unos instantes un vívido documento sobre uno de los episodios más complejos del conflicto armado interno desarrollado en nuestro país entre los años 1980 y 2000. Se trata de la masacre perpetrada hace veintiséis años por Sendero Luminoso en la comunidad ayacuchana de Lucanamarca, ataque en el cual fueron asesinados 69 hombres, mujeres y niños. Muchos de esos asesinatos fueron ejecutados con métodos de una atrocidad que ustedes conocen y que el documental que veremos a continuación ha recogido. Todos los crímenes han sido documentados por la Comisión de la Verdad y Reconciliación; crímenes cuya autoría fue reclamada por Sendero Luminoso y su fundador Abimael Guzmán con absoluto cinismo: crímenes sustentados en argumentos inmorales de “metodología estratégica” donde lo último que importaba era la vida humana.

La masacre de Lucanamarca posee una importancia emblemática para la memoria de la violencia en el Perú; es ahí donde la memoria hace crisis y nos cuestiona a todos con su complejidad y sus contradicciones en el camino de construcción de nuevas relaciones de convivencia social. Ella nos enseña sobre la irracionalidad esencial a todo proyecto basado en la violencia y nos habla de la extrema vulnerabilidad de la vida en ciertas zonas de nuestro país. También posee ese valor porque da cuenta de la renuencia del Estado y sus autoridades a aprender de las lecciones amargas de nuestra historia. Lucanamarca es un reflejo de las grandes dificultades que nos ha dejado el conflicto armado interno; de la precariedad de nuestra democracia, de la dificultad por fortalecerla si seguimos eludiendo la verdad y alejamos las posibilidades de acceder a la justicia; de la lejanía que aún subsiste entre los peruanos, cuando dejamos de reconocer en el “otro” a un peruano. Finalmente, es un caso aleccionador porque nos enseña la fortaleza de los pueblos golpeados por la violencia, fortaleza que les permite sobrevivir e intentar rehacerse, en medio de mil dificultades, olvidos e incomprensiones.

Es en este momento, que quiero evocar aquí a Carlos Ivan Degregori, gran antropólogo y querido amigo, que con sus escritos llamó la atención de forma muy temprana acerca de las significaciones y los entreveros de la memoria y la cultura. Este documental es un homenaje también a su persistencia por traer a luz la verdad de los propios actores.

Sabemos que, por desgracia, las barreras que imponen el olvido y la indiferencia son todavía muy poderosas en nuestro país, y que es muy difícil la reflexión sobre nuestra democracia, sobre el sentido del Estado de Derecho y la ciudadanía para todos los peruanos. Por ello, es valioso y encomiable todo esfuerzo que se haga a favor de traer aquel episodio a la memoria nacional y de integrarlo en el todavía necesario diálogo colectivo sobre la violencia. Este documental, creo yo, por su alta calidad técnica y, sobre todo, por el espíritu con el cual ha sido concebido y realizado, está llamado a convertirse en una ayuda fundamental para hacer del nombre “Lucanamarca”, como lo es, por ejemplo, el nombre “Uchuraccay”, un permanente llamado de atención a nuestra sociedad entera.

Me corresponde ahora y de modo muy breve; no contarles una historia que van a ver retratada en el documental, sí llamarles la atención sobre algunos aspectos que yacen como contenido latente en lo que van a apreciar. Son temas problemáticos que invitan a la reflexión y así los planteo.
En primer lugar, la persistencia de la memoria y del agravio mientras no haya una respuesta cultural. Los sobrevivientes no aceptan la normalidad de la vida sin el hallazgo de los restos de sus familiares victimados.
Las dos caras que presenta el Estado en realidades como ésta. La vertiente que promete y se compromete y la realidad del pronto olvido y abandono de lo ofrecido.
La dificultad de la reconciliación aún en comunidades pequeñas y con tradición solidaria. El riesgo de que el sentimiento de agravio conduzca a injusticias y la necesidad de pensar – aunque sea duro de aceptar – que todos los hombres, aún los asesinos y, por supuesto los inocentes que no tienen otra culpa de ser parientes de los criminales, merecen respeto y son depositarios de una dignidad que los trasciende.

Estamos, desde luego, en primer lugar, ante una manifestación radical del mal: aquella que se expresa cuando ciertos individuos se sienten autorizados y justificados para tomar la vida de otros seres humanos en nombre de sus propias convicciones y hasta de sus propios intereses. Todo proceso de violencia es escenario de estas formas radicales del mal y, en cuanto tales, son despliegues de soberbia y de cierta sordera social.

Ahora bien, la violencia siempre ocurre dentro de un contexto definido, que en el Perú de entonces, como en el de ahora, puede ser descrito como un contexto de precariedad extrema de la vida humana. Esta precariedad ha sido y es todavía más honda en ciertas zonas del país: ahí donde se concentra la pobreza, donde la población es mayormente indígena, donde lo rural prevalece sobre lo urbano, donde el Estado cree que sus responsabilidades son menores. Todo eso era Lucanamarca entonces. La vida de sus habitantes, como la de muchos otros peruanos, parecía tener poco valor para el Perú urbano e integrado a los centros de poder. Así, hay que decir que si la violencia de que guardamos memoria es, siempre, una actualización aguda del mal radical, ella se desarrolla usualmente sobre un vacío ético que la precede y que la sostiene: un estado de desigualdad y de discriminación que nunca justificará a la violencia, pero que sí le brinda sus condiciones de posibilidad.

Es necesario reconocer que muchas cosas han cambiado desde entonces. Posiblemente, hoy estemos algo mejor prevenidos contra los discursos que prometen construir utopías por medio de la conflagración social. Sin embargo, hay que admitir, también, que nuestra preocupación por la justicia social como expresión de la moralidad pública no es, hoy, notoriamente más fuerte que hace un cuarto de siglo: todavía las autoridades y las elites en el Perú parecen sentirse cómodas con un país de desigualdades, y la pobreza y la negación de oportunidades que aquejan a tantos pueblos del Perú no son percibidos como el escándalo social que realmente son. Y si bien esa persistente desigualdad no nos lleva a anunciar, de una manera mecanicista y simplificadora, la necesaria repetición de la violencia, sí constituyen una gravísima hipoteca sobre el futuro de nuestra democracia. La violencia vivida en el Perú por pueblos como Lucanamarca es, una vez más, una advertencia que no estamos oyendo con suficiente atención.

Señalé, por último, que el trágico caso que nos recordará este documental contiene también una historia de supervivencia. Los lucanamarquinos, como muchos otros pueblos del Perú que han vivido trances parecidos, nos han enseñado a lo largo de más de dos décadas lo fuerte que es su determinación de restaurar la vida en medio del infortunio y del olvido oficial. Esenciales en el cumplimiento de esa determinación han sido, y son, la fuerza de tradiciones colectivas que el Perú urbano y privilegiado mira con desdén –a menudo con desdén grosero e ignorante como lo vemos en cierta prensa y hasta en algunos congresistas–, así como la lúcida y valiente decisión de recordar para seguir viviendo. En efecto, Lucanamarca no es, solamente, hoy uno de los lugares donde se manifestó con la mayor brutalidad la violencia; es, también, un espacio donde la memoria ha echado raíces para desencadenar un proceso de recuperación que no es siempre fácil, pero que siempre es mejor expediente que el olvido. Este documental es, de hecho, un eslabón más de una cadena de memoria que todavía debe seguir creciendo para enlazar no solamente a este hecho y sus lecciones, sino también a decenas o centenares de hechos parecidos y todavía ajenos a nuestra sensibilidad. Deseo, por ello, por la excelencia artística y sobre todo por la solidez moral de este esfuerzo, felicitar y agradecer a sus realizadores.

Muchas gracias.
Salomón Lerner Febres
Rector emérito de la PUCP

2 Responses

  1. Julio Cesar Says:

    En primer Lugar agradecer y saludad a las personas que an hecho posible que la historia de Lucanamarca sea conocida por todo los peruanos, lo ha sido el complicto armado interno en nuestro país, en seguida como dice en muchos pasajes de su intervención Salomón Lerner Febres
    para nosotros los Lucanamarquinos a sido un horror y sufrimiento que no se puede tal vez explicar con palabras, es facil escrebir y comentar pero es diferente haber vivido uno mismo esa tragedia.
    en ucho pasajes d eesta historia no se narra la verdad porque hay gente que ha estado metido con sendero pero ahora estan en Lucanamarca todavia como visinos principales, personas que an matado a sus propios hermanos, ohora son profesores o autoridades en fin en este mundo creo que habrá justicia.
    hoy Lucanamarca está en voca del todo el mundo, así como en el documental LUCANAMARCA; pero hay no mencionan nada de sus anexos de Lucanamarca donde tambien hay victimas muertos y sobrivivientes del masagre en la alturas y caminos, pero eso no mencionan solo Lucanamarca
    El Distrito de Santiago de Lucanamarca está conformado por 7 Anexos la mayoria de su población está en los Anexos y muy poca cantidad en la capital del destrito por ello mi prtesta porque en el documental no menciona nada como se no existieran.
    hay muchos pueblos llamados anexos olvidados de todo el mundo que anun sobrevivin otros ya son pueblos fantasmas donde ya no hay habitantes pues durante la violecia su población a sido practicamente expulsado hoy la mayoria vivimos en las ciudades de Lima y Ica y otros en la capital de la provincia de Huancasancos
    me estoy referiendo a mi pueblo de Asunción de Erpa, aquel pueblo que no aparece en el documental, hasta sus muertos del fatidico 3 de Abril no aparecen sinó an sido cambiados como se huvieran sido lucanamarquinos claro esto ya por intereses me refiero al señor Ignacio Tacas que a sus hermanos y padre netamente Erpeño a hecho poner como Lucanamarquinos tal vez tiene verguenza de ser Erpeño en Fin su padre que descanse en paz fué un lider Erpeño que daba su vida por su pueblo. muchas gracias por leer mi comentario.

  2. Wily Says:

    En primer saludar y felisitar al amigo Julio Cesar por su comentario referente a mi pueblo de Asunción de Erpa, que es la pura verdad hoy es un pueblo fantasma donde ya quedan unos cuantos habitantes, el motivo principal para que su población imigre a las grandes ciudades de la costa fué la violencia política, pero no solo la violencia política sinó el olvido popr décadas de sus autoridades del Distrito de Lucanamarca peor aun de las autoridades de la provincia de Huanca Sancos para ellos simplimente Asunción de Erpa no existe, para impeorar su situación Asunción de Erpa está en la misma linia limítrofe con la comunidad de Huancasancos y ellos nos consideran como ciudadanos de otro Pais,
    hoy sus hijos de Asunción de Erpa vivimos en pobreza en las grandes ciudades cada uno buscandose un mejor porvenir, pero no nos hemos olvidado nuestro pueblo pues hemos constituido instituciones representativas como en las ciudades de Ica y Lima desde donde tratamos en apoyar a las pocas personas que quedan en nuestro pueblo, organizamos y apoyamos la fiesta patronal en honor a nuestra patrona de la Santísima Virgen María de Asunón

    es verdad que pocos somos los Erpeños que verdaderamente amomos a nuestro terriño, la gran mayoria siente verguenza tal como comenta el amigo Julio Cesar.
    Finalmente mi humilde comentario espero que sea leido por algun Erpeño de Corazon, porque nos urge organizarnos, y que hacer por nuestro pueblo. pueden contactarse por el correo del Centro Social Asunción de Erpa sede Lima – asunciondeerpa@hotmail.com

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